Zona de Escarcha

La guerra de Sísifo

Ignota llamada al portón,
¿y quién llama?

Ya no es tiempo de deshojar
margaritas
ni de soplar dientes de león,
ahora la esperanza
pierde simbolismo
y se vuelve
raquítica.

El sollozo es eterno
y mis ojos, en sequía,
baja el nudo a la garganta
los dientes chirrían.

Como si el trago
fuera a calmar
tanto en tan poco tiempo.

Como si por mirar atrás
fuese a olvidar
que tengo miedo.

Vivo recuerdos
porque si pienso, hoy
algo no encaja.
De un pasado mudo
a un presente mordaza.

Aquí sigue, Sísifo,
para recordarme
que el problema no es la piedra
sino en seguir el mismo camino,
en luchar
en fin
la misma guerra.

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Dónde

A través de la ventanilla
miro,
¿dónde están mi horizonte y sus estrellas?

Sigo mi rutina errática
sobrevivo,
¿dónde irán a parar las huellas y la fatiga?

Cuento suspiros por no gritar a los cuatro vientos
callo,
¿dónde lloro mis lamentos?

Tengo fe pero no creo en templos
imploro,
¿dónde me refugio de todos mis demonios?

El hogar es un laberinto conocido
me adentro,
¿dónde estará la oportunidad del exilio?

Los sueños fueron realidad pero se han perdido
imagino,
¿dónde se recupera el pájaro herido?

Ni
la libertad
ni
la independencia
ni
la duda
ni
la impotencia
ni
el camino
ni
mi destino
tienen un lugar fijo.

Fuera

La barbilla flojea.

Ausente el llanto
en el vértigo de esta azotea,
donde a veces llueve
donde a veces nieva
donde el sol es anécdota
donde el bienestar parece una isla remota.

Si no me ahogo, muero
pero seguir viviendo de prestado
en una mente obsesiva
y en un cuerpo agotado
me deja sin fuerzas,
con sueño,
y esta ácida sensación de
tiempo desperdiciado.

Escribiré hasta mi último aliento
y el día en que todo se apague
sabré
responder todos esos por qué,
callejones sin salida
refugios sin calor
que hacen supurar
hasta la última herida.

Cuando parece que me tranquilizo
es mentira;
me estiro
o relajo
y nada me arde más
que este invierno de estío
que pasa y vuelve
en el mejor momento,
que transforma en memoria mojada
los papeles del ágora en que rezo
por otro día.

Oh, Demiurgo,
devuélveme la pasión de contar
y el calor en el cuerpo;
haz la guerra a esta rutina,
excava hasta encontrar la fosa común de mis demonios;
sé tú
el antídoto
para lo terrenal;
reconstruye el templo de mi confianza
declara patrimonio íntimo las ruinas que
aquí reinan.

Quedamos yo
y un ademán de lucha.
Afuera, insonorizada,
una realidad que a menudo nos echa.